Vox Locális se renueva. Recorre su historia y súmate a este instrumento de comunicación UIM
Fue el uso del teléfono lo que marcó un hito en la popularización de la participación de las audiencias en la radio. Este fenómeno se refiere a cómo las comunidades y diversos actores sociales pueden influir en la creación de proyectos, programas y políticas, participando incluso en la toma de decisiones y la gestión financiera. Es en ese contexto, donde se comparten vivencias, conocimientos y emociones, se fomentan relaciones y se transforma la percepción aislada de la existencia individual en una experiencia social compartida. Ya en 1932, el dramaturgo alemán Bertolt Brecht había destacado el potencial de la radio como un medio comunicativo innovador, al afirmar que podría convertirse en el mejor canal de distribución pública si lograba no solo transmitir, sino dejar a los oyentes hablar, escuchar y conectar.
Las actuales mutaciones comunicacionales de la era convergente digital, conducen a la formación de los espacios imaginarios de lo próximo. Y en un contexto en el cual tiende a reducirse a nivel mundial lo público, se generan nuevas alertas.
Desde esa perspectiva, se entiende entonces que los medios no deban limitarse a la mera transmisión de las representaciones existentes ni tampoco a sustituirlas, sino que pasan a hacer parte de la trama de los discursos y de la acción política, lo cual representa constituir una escena fundamental de la vida pública. En esa construcción la radio ha de consolidar su función mediadora en el sentido que a través de ella se producen procesos comunicacionales que definen identidades culturales y relaciones socio-políticas.
En América Latina ciertamente, los ciudadanos han logrado organizarse en determinados momentos para pedir a los medios una comunicación verdadera.
Sin bien la participación ciudadana no debe reducirse únicamente en un marco legal, la reciente aprobación de la Ley de Comunicación Social en Cuba se une al esfuerzo por hacer que cada vez, las audiencias participen más en la gestión de contendidos mediáticos. Esa normativa se inserta dentro de una importante transformación del marco jurídico comunicacional para incentivar la participación de los públicos en la radio y el resto de los componentes del ecosistema mediático que deberán cada vez más asumir su papel en la transformación del consumidor pasivo en un ciudadano crítico.
Desde la invitación que nois hace la normativa de la mayor de Las Antillas, debemos entender que la participación no se limita a un concepto único, fijo ni exclusivamente político, sino que es un proceso dinámico donde los ciudadanos deciden involucrarse de manera consciente en todos aquellos aspectos que impactan sus vidas, directa o indirectamente. Es así que la participación se convierte en una herramienta clave para superar la exclusión política. Al ejercer plenamente su ciudadanía, las personas redescubren el verdadero significado de la gobernanza.
Ese proceso se desarrolla dentro de un entramado cultural que requiere un análisis de los fenómenos que, a través de la representación o construcción simbólica de las estructuras materiales, permiten entender, perpetuar o transformar el sistema social. Bajo esta perspectiva, la cultura se concibe como un todo, que abarca el discurso, los sistemas de valores y las percepciones, la cosmovisión, las redes, así como las formas organizativas para la difusión de mensajes, las relaciones jurídico-políticas, la ubicación en el espacio y la gestión del tiempo, entre otras mediaciones.
No hay dudas de que la noción de la participación en el ámbito radiofónico hace referencia, incluso, a una nueva forma de institucionalización de las relaciones políticas con una mayor implicación de los ciudadanos y sus asociaciones cívicas tanto en la formulación como en la ejecución y el control de las políticas públicas. Ello ha de contribuir a generar una mayor confianza gubernamental así cómo en las instituciones políticas y democráticas en general.
Otra de las tendencias de la participación radiofónica se concibe desde la educación popular, y se origina a finales de los sesenta con los aportes del pedagogo brasileño Paulo Freire para quien el eje de la educación popular debía ser el de transformar a las comunidades, grupos y organizaciones campesinas en actores y partícipes directos en la gestión y desarrollo de su propia educación.
Lo público, la radio y la participación
Las discusiones teóricas sobre la permanencia del modelo de radiodifusión público como ideal de esfera pública, resulta hoy relevante. La hipótesis de Keane (1997) apunta a que se puede considerar a la radio como parte de la esfera pública en las nuevas condiciones de globalización y desterritorialización de la cultura y la información, pero no en el sentido de una esfera única, homogénea y separada del estado o de la vida privada, sino, en la fragmentación de múltiples espacios cuya concepción es diversa y heterogénea, en los cuales se entrecruzan discursos del poder con los de lo privado, un escenario en el cual es difícil encontrar los límites o definir los rasgos definitivos de cada uno porque sus fronteras resultan borrosas y cambiantes.
El modelo de radiodifusión público entraña conflictos no solo de orden financiero sino también de legitimidad. Tanto para las audiencias como para los emisores, el concepto de representatividad del servicio público se percibe como una defensa de una representación ficticia, utilizada para proyectar aquello que simula los gustos y opiniones reales de algunos de sus destinatarios. Este modelo de servicio público impone restricciones sobre las audiencias y, con frecuencia, contradice su principio fundamental de ofrecer igualdad de acceso al entretenimiento, las noticias y la programación cultural dentro de un espacio público compartido. Al comenzar el siglo XXI, la estrategia tradicional de la radio para construir legitimidad bajo el estandarte de "servicio público" ha mostrado su ineficacia en el ámbito de lo público.
En 1976, la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO), aprobó, una “Recomendación relativa a la participación y la contribución de las masas populares en la vida cultural”. Según el documento, “la participación es indispensable para el desenvolvimiento de los valores y la dignidad humana. Sin participación, el mero acceso está muy por debajo de los objetivos del desarrollo cultural. La participación debe dar a cada uno la posibilidad de recibir y de expresarse en todos los campos de la vida social” (UNESCO, 1976, p.151). Desde esa visión, es recomendable fomentar la participación activa de los públicos, a los cuales se le ha de posibilitar la intervención en la elección y realización de los programas, así como se ha de incentivar la creación de centros de producción locales y comunitarios para uso de esos públicos.
La participación es, simplemente, indispensable para el funcionamiento de los estados, en tanto articulación ciudadana en torno de un ideal. La verdadera participación incluye todas las actividades que las personas realizan voluntariamente -ya sea a modo individual o a través de sus colectivos- con la intención de influir directa o indirectamente en las políticas públicas y en las decisiones de los distintos niveles del sistema político y administrativo. Pero la participación no se da de un día para otro. “Ni tampoco por generación espontánea: hay que saber estimularla” (Kaplún, 1987, p. 99).
Ello implica que la participación requiere de propuestas, estructuras, políticas, normas y canales que la posibiliten. Varios autores sugieren diferentes niveles que son: información, consulta, decisión, control, y gestión. Esta última, sería el nivel más elevado porque supone que los participantes tienen tanto las competencias como los recursos para el manejo autónomo de ciertas esferas de lo colectiva. La gestión implica un reforzamiento de la autonomía ciudadana y, por tanto, la institucionalización del ejercicio de competencias.
Pero, la participación todavía enfrenta fuertes obstáculos. El Troudi, H y otros (op.cit: 17-32) plantean algunas barreras que evidencian los problemas personales, culturales, políticos y económicos que enfrentan a diario los ciudadanos, entre ellos resumimos los siguientes:
a) El escepticismo y la apatía. Esos conceptos están constituidos por tres elementos - la desconfianza e incredulidad de la ciudadanía producto de las prácticas utilitarias de algunas, y la cultura de oposición a las organizaciones por promesas no cumplidas.
b) El burocratismo. Se manifiesta en retrasos, por ejemplo, de trámites, demorados con exigencias innecesarias que bloquean o impiden el logro de las metas de una administración.
c) Una comunicación vertical y autoritaria.
d) La falta de tiempo. Se contemplan actividades sin tener en cuenta el tiempo necesario para organizar la participación de la comunidad.
e) La incapacidad de escuchar. Se aprecia en reuniones o mesas se de trabajo cuando se quieren imponer las opiniones a otros y no se logra un acuerdo entre las partes.
f) La desconfianza en los ciudadanos. En varias oportunidades los dirigentes evidencian desconfianza en la capacidad ciudadana.
g) La improvisación de los funcionarios de gobierno. Se evidencia cuando se carece de planificación en las actividades.
h) La prepotencia gubernamental, algo que se da cuando algunos funcionarios de gobierno se niegan a escuchar.
En la radio, en una primera etapa, entre 1940 y 1977, la participación de los oyentes en los programas tenía una finalidad exclusiva lúdica y divulgativa. Su carácter era numéricamente reducido y con predominio de estructuras expositivas propias del monólogo. Por aquel entonces, las voces de los oyentes sólo se encontraban en espacios pertenecientes a la denominada "radio de evasión". Las técnicas empleadas se limitaban a las cartas, sobre todo en los consultorios y en los programas de discos dedicados, y a la participación de la audiencia en el estudio. El empleo del teléfono era residual y sólo se generalizó a finales de los setenta lo cual dio paso a otras iniciativas como la creación de los grupos de oyentes. De manera progresiva, la audiencia comenzó a ser tomada en cuenta para opinar e interpretar la realidad, una evolución que condujo a la aparición de una nueva tipología de las modalidades de participación en cuya clasificación puede atender a diferentes criterios, tanto relativos al contenido -finalidad y temática de la intervención- como a criterios formales -utilización de códigos lingüísticos, realización técnica o planificación temática-.
Desde la perspectiva mediática, la participación no se mide solo por la cantidad de llamadas recibidas, sino por cómo ellas se convierten en un elemento esencial del discurso sobre la ciudadanía en los programas. Muchos ciudadanos han aprendido a identificar las condiciones y circunstancias bajo las cuales un hecho puede convertirse en noticia y utilizan estos recursos de manera estratégica. En general, las llamadas suelen ser individuales y realizadas desde casa, rara vez representando a una organización o movimiento, a pesar de que algunos participantes están vinculados a asociaciones de carácter civil o político.
Como resultado, este tipo de participación no fomenta expectativas de organización, pertenencia ni continuidad dentro de los grupos estudiados. La motivación principal es el deseo de destacarse individualmente, algo que usualmente se asocia con figuras de la política o el entretenimiento. Aunque las sociedades masivas tienden a exigir que los individuos se diluyan en el colectivo, los medios de comunicación ofrecen una paradoja: son espacios donde las personas, por el simple hecho de expresar su opinión, pueden sentirse reconocidas, sin importar su condición social. Este modelo de participación aspira al diálogo, la horizontalidad, la bidireccionalidad y a servir a las mayorías.
Sin dudas, la participación en el medio ha estado relacionada con el desarrollo y en ella ha incidido el fortalecimiento institucional de las comunidades, sus grupos, foros colectivos, programas culturales, sociales y ambientales, así como redes locales. Desde esa base, la participación implica una toma de conciencia acerca de los aportes de los miembros de una comunidad en la toma y ejecución de decisiones.
La participación radiofónica es un proceso al alcance de todos pero que debe conllevar al asumir de manera crítica la realidad y a la reflexión seria y profunda de sus causas y tendencias, a estrategias concretas y realizables, a una planeación, a una praxis. Estas últimas pueden partir en la radio de testimonios, determinados contextos históricos, geográficos y prestar atención a lo cotidiano, propio y auténtico de cada lugar para lo cual se hace imprescindible la realización de diálogos, intercambios, y discusiones entre los oyentes. La participación en la radio se puede concebir desde diferentes vertientes.
Una de ellas es la vinculada a la concepción de Habermas (1994) sobre el espacio público y otra es la vinculada al desempeño de de las radios comunitarias en la perspectiva de una educación popular.
A la luz de la modernidad la participación es involucrar al público en la producción y el manejo de los sistemas radiofónicos, al tiempo que ha de operar en niveles diferentes como la elaboración, toma de decisiones y planificación. El hecho que las audiencias – principalmente comunidades- se incorporen a un primer nivel –elaboración- implica su participación en la producción mediática, y en la capacitación de sus miembros para conocer los procesos técnicos de cada fase de la elaboración. Los individuos son las responsables de todo el proceso comunicativo: desde la programación hasta la gestión de la transmisión. Se favorece una programación interactiva con la participación directa de la población en el micrófono, e incluso, produciendo y trasmitiendo sus propios programas y narrativas.
La intervención en la toma de decisiones, implica la incorporación de los usuarios en la elaboración de la programación y podrá incidir en la definición del tipo de programas, los contenidos, el horario y las formas de financiamiento, incluso. Por tanto, es ese acceso, la capacidad del usuario o grupos de usuarios de usar las instituciones mediáticas ejerciendo el derecho a seleccionar el medio, los programas, así como el lugar de recepción que desee. Cuando eso ocurre la participación se traduce en una afirmación de identidad y autenticidad. Si bien es cierto que existen formas de encuentro entre la audiencia y la radio que se realizan con cierta regularidad como llamar para participar, hacer pública una demanda, requerir asistencia o información, integrar una red de oyentes, formar un grupo de autoayuda, o pertenecer a una audiencia cautiva, existen otras dimensiones que pueden constituir potencialmente una esfera pública desde el momento en que esta manifestación parcial de la opinión se refleja y se difunde a un público más amplio, virtualmente indefinido, gracias a un medio cualquiera, participa del espacio público.
En ciertas situaciones, se adoptan roles discursivos y técnicas de presentación claramente definidas. Esto es evidente en los concursos y los consultorios, que dependen de la participación directa de los oyentes para ser considerados géneros radiofónicos. En este contexto, el medio no solo debe enfocarse en la producción y reproducción social, sino que, como señala Martín Serrano (citado por Moreno, s.f.), dicho tipo de comunicación necesita ser capaz de fomentar o revitalizar las representaciones colectivas, así como de crearlas, evocarlas o desafiarlas con el objetivo de orientar la acción social organizada. Es decir, los programas radiales deben contribuir a reconstruir identidades y renovarlas constantemente, dado que las representaciones colectivas suelen ser contradictorias y a menudo no son homogéneas ni compartidas. Por lo tanto, la comunicación contemporánea debe facilitar la generación de mensajes por parte de diversos actores sociales, recopilar sus testimonios, documentar y apoyar la reconstrucción de la memoria comunitaria. Desde este enfoque, las emisoras funcionan como espacios de mediación donde circulan significados y emergen resistencias sociales.
La radio tiene un gran potencial como herramienta mediadora en la construcción de nuevas formas de participación social. Un ejemplo de esto es el segundo grado de participación que se observa en programas que fomentan la interacción directa de los oyentes, ya sea mediante llamadas telefónicas, grabaciones de voz o incluso su presencia en la emisora. También se destacan aquellas emisiones especiales realizadas ante el público en teatros, espacios al aire libre u otros escenarios, brindando diversas maneras de participación en los programas.
De igual forma, los noticieros han creado plataformas significativas para que los ciudadanos puedan expresar inquietudes políticas y civiles. Estos espacios no solo se limitan a divulgar las acciones del gobierno, sino que también exponen las quejas, demandas o denuncias ciudadanas. Esto permite establecer un canal de interacción entre la población y el poder local.
La participación de los radioescuchas está integrada en la estructura de los programas, con secciones especiales donde pueden intervenir a través de llamadas telefónicas, cartas, faxes o entrevistas en vivo. Estas participaciones se presentan de distintas formas: de manera directa, con la voz del ciudadano transmitida al aire; de forma diferida, donde un asistente comunica la información al conductor; o mediante sistemas más sofisticados, donde las opiniones del público se clasifican y resumen en una "opinión pública" emitida al aire. Sin embargo, en todas estas modalidades, la selección y edición de los mensajes depende de la línea editorial del programa, lo que limita la libertad total de expresión.
Casi todos los noticieros y programas de opinión pública reciben denuncias o informan sobre servicios públicos y la conducta de los funcionarios. Aunque aparentan ser un medio directo para juzgar la actuación del poder y mediar entre autoridades y ciudadanos, estos espacios suelen operar como foros simbólicos. A pesar de su naturaleza imaginaria, tienen un impacto considerable en la opinión pública y contribuyen a la fiscalización y revisión de los actos de los funcionarios mediante su capacidad de generar visibilidad y publicidad.
Los oyentes pueden involucrarse en la creación de mensajes reinterpretando su significado, enviando cartas, correos electrónicos, realizando llamadas telefónicas o incluso cambiando de emisora. Para lograr una verdadera comunicación ciudadana, es esencial participar, involucrarse en los asuntos públicos y discutir temas de interés común. En ese proceso, es indispensable estar informado de manera oportuna y veraz, además de contar con organizaciones e instituciones –sean gubernamentales o no– que lo hagan posible.
Por ello, es crucial fomentar el desarrollo de las organizaciones comunitarias, y los medios de comunicación comunitarios como herramientas ideales para que el ciudadano pueda consolidarse como sujeto histórico. A su vez, las prácticas radiofónicas requieren de la sistematización de experiencias y teorías que impulsen la participación de organizaciones sociales, ofreciendo resultados y análisis que permitan entender mejor el desarrollo y funcionamiento de los medios.
Para crear nuevos espacios de comunicación, es indispensable incluir lo organizativo, ya que una participación efectiva requiere de una estructura definida. La participación se entiende como una acción colectiva que conlleva organización, al tiempo que es un proceso social que opera en múltiples escalas y contextos. Más que ofrecer información o recoger opiniones, se trata de implementar procesos para tomar decisiones de manera conjunta, respaldados por un conocimiento sólido, tiempo adecuado y mecanismos claros que permitan analizar los problemas y explorar las posibles soluciones.
Máster en Ciencias de la Comunicación Social. Se desempeña en la actualidad como Directora de Información y Comunicación Social de la Provincia La Habana, Cuba. Forma parte del Consejo Técnico Asesor del Instituto de Información y Comunicación en Cuba. Es miembro de la Asociación Cubana de Comunicadores Sociales.